Hoy en una reunión con investigadores de la Universidad de Antioquia estuvimos hablando de evaluaciones de producción científica y comportamiento de los grupos de investigación y sus integrantes. Un aspecto que entró a la conversación, como parte de una reunión previa con otros expertos, fue: ¿los grupos de la universidad han tenido el mismo líder desde que fueron creados?, ¿los que han cambiado de líder se han mantenido estables y con buen ritmo?
Esto es interesante para analizar, no sólo en el contexto de los investigadores sino en cualquier proyecto u organización. ¿Depende acaso un proyecto o un grupo de su líder?
Los retos que plantea esto van en diferentes direcciones. Por un lado cada vez baja más la preocupación por el fomento de líderes o por la reinvención de su papel, de manera que respondan impulsando con buenos resultados lo que sea necesario impulsar (ya sean iniciativas sociales o empresariales). Por otro lado está la genialidad y las personalidades únicas; todo es posible, hemos tenido en la historia seres excepcionales que cambiaron toda una forma de pensar o hacer las cosas (algunos escépticos creen que la época de genios solitarios ya pasó). Además, puede que cuando el éxito depende de una sola persona lo que refleje la situación sea inmadurez, falta de preparación para el cambio, negación ante el relevo generacional y dificultades para trabajar en equipo.
Si se presentan buenos resultados y estabilidad es posible que aparezca un conformismo que lleve a que todo se vuelva tan mecánico que terminará constituyéndose en amenaza, un exceso de confianza donde se le resta valor a la importancia de cambios, adecuaciones e innovaciones. Cuando las organizaciones se dan cuenta de que ya no responden a la demanda, puede ser tarde y las medidas apuradas resultan ser la peor opción.
¿Cuántos grupos de investigación podrían haber avanzado con otras formas de liderazgo que no conocían porque siempre estuvieron con la misma?, así mismo hay personas en organizaciones apegadas a formas de trabajo que van convirtiéndose en rutina, o peor, apegadas a unas personas que encarnan el ideal a ser.
La renuncia de Steve Jobs y el efecto exagerado
Es posible encontrar una relación de esto con lo que está pasando con Steve Jobs, la insignia de Apple. Después de la manzana, la imagen de Apple era Jobs, sólo que no era tan fácil de convertir en ícono portable, era mejor ponerlo en el escenario para los debuts de cada producto nuevo.
No faltan los medios especuladores, o mejor, los que insisten en un endiosamiento que busca crear un clima de incertidumbre que al final llega a sacudir hasta a las bolsas y el endeble mundo económico.
Notas como “Without Steve Jobs, Is Apple Still Cool?” ponen el énfasis en la pérdida tan grande que asume la empresa con su genio de cabecera. Pero al hacerlo también menosprecian al equipo de ayudó a construir, a esos que están siempre detrás de una imagen que luego de posicionada se vuelve imprescindible para vender. Aquí entonces lo que vale no es Steve la persona, sino Steve la marca, el “gancho” que finalmente se muestra como lo que sostiene a la empresa, más allá de que importe el trabajo bien hecho de todo un equipo.
Es inevitable… el cambio de un líder sacude las organizaciones, pero el reto es seguir adelante y mejorando. Eso denota las capacidades adquiridas y la seguridad para enfrentar retos nuevos con estilos diferentes. Aunque también hay que reconocer que existen liderazgos negativos, que en lugar de sostener aplastan. Personalidades, adaptaciones, relaciones, resistencias… todo cuenta. Además, esto demuestra que por más exactos que sean los productos o servicios de una empresa, lo social y lo cultural son determinantes.
Referencia:
“Without Steve Jobs, Is Apple Still Cool?”
En: Huff Post Tech
Enlace: http://huff.to/rlTzMs
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